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Leyends of Quito
Las leyendas constituyen solo una de las posibilidades de comunicación
a través de los mensajes lingüísticos tradicionales,
ya que estos comprenden muchas formas, diferentes de expresión,
romances, coplas, refranes, las propias leyendas y otros.
Quito es una larga historia de cuentos, de leyendas, de una cultura oral
que se transmite de generación a generación. Desde el origen
mismo de su nombre, Quito está hecho de incertidumbres, de misterios
que se esconden detrás de sus calles. La historia de Quito cuenta
con personajes que hicieron leyendas que se volvieron hechos reales, a
fuerza de tanto contarlas.
Este es un espacio en homenaje al Quito antiguo, al que nos enseñaron
a querer nuestros abuelos, el Quito que se lo reconoce cuando se camina
por la Plaza Grande y que se aprecia en todo su esplendor desde el Panecillo.
La capa del estudiante
Todo comenzó cuando un grupo de estudiantes se preparaban para
rendir los últimos exámenes de su año lectivo. Uno
de ellos, Juan, estaba muy preocupado por el estado calamitoso en el que
se hallaban sus botas y el hecho de no tener suficiente dinero para reemplazarlas.
Para él era imposible presentarse a sus exámenes en semejantes
fachas; sus compañeros le propusieron vender o empeñar su
capa, pero para él eso era imposible
finalmente le ofrecieron
algunas monedas para aliviar su situación, pero la ayuda tenía
un precio; sus amigos le dijeron que para ganárselas debía
ir a las doce de la noche al cementerio del El Tejar, llegar hasta la
tumba de una mujer que se quitó la vida, y clavar un clavo, Juan
aceptó.
Casualmente aquella tumba era la de una joven con la que Juan tuvo amores
en el pasado y que se quitó la vida a causa de su traición.
El joven estaba lleno de remordimientos
pero como necesitaba el dinero,
acudió a la cita.
Subió por el muro y llegó hasta la tumba señalada
mientras
clavaba, interiormente pedía perdón por el daño ocasionado.
Pero cuando quiso retirarse del lugar no pudo moverse de su sitio porque
algo le sujetaba la capa y le impedía la huida
sus amigos
le esperaban afuera del cementerio, pero Juan nunca salió.
A la mañana siguiente, preocupados por la tardanza se aventuraron
a buscarlo y lo encontraron muerto. Uno de ellos se percató de
que Juan había fijado su capa junto al clavo
no hubo ni aparecidos
ni venganzas del más allá, a Juan lo mató el susto.
El Cristo de los Andes
Los sacerdotes no podían creerlo, Manuel Chili, el pequeño
indígena que se descolgaba de un lado a otro entre andamios y pasadizos
en el interior de la iglesia de La Compañía, de pronto se
convirtió en un gran artista. Los jesuitas, sorprendidos de la
habilidad de este joven, decidieron tomarlo a su cargo, darle vivienda,
comida y un poco de dinero, pues los talladores no tenían el reconocimiento
de verdaderos artistas.
También le ofrecieron una preparación especial en el arte,
para que obtuviera un mejor dominio de la escultura y la pintura. Así
nació el gran ¡Caspicara!
Manuel trabajaba doce horas al día sobre andamios y bordes peligrosos.
Esto le creó una extraña fobia a las alturas. Cuentan que
por esta fobia permanecía largos ratos en silencio y con los ojos
cerrados. El capellán de la iglesia cuando lo veía se enfurecía:
él imaginaba que Manuel Chili estaba dormido.
Su fama se extendió y sus obras empezaron a cotizarse en grandes
pesos en oro. Las iglesias de nuestro país, como también
las de Colombia, Perú, Venezuela y España, gozaban con la
majestuosidad de sus cristos, marías y niños dioses.
Es tanta la belleza de estas imágenes, que mucha gente les ha dado
virtudes milagrosas.
Actualmente sus obras no tienen precio, están valoradas en millones
de dólares y son patrimonio cultural del país.
Irónicamente, el maestro Manuel Chili murió en la pobreza
mayor, abandonado en un hospicio y despreciado por la gente.
El padre Almeida
En el convento de San Diego vivía hace algunos siglos un joven
sacerdote, el padre Almeida, cuya particularidad era su afición
al aguardiente y la juerga.
Cada noche, el padre Almeida sigilosamente iba hacia una pequeña
ventana que daba a la calle, pero como ésta se hallaba muy alta,
él subía hasta ella apoyándose en la escultura de
un Cristo yacente. Se dice que el Cristo, cansado del diario abuso, cada
noche le preguntaba al juerguista: "hasta cuando padre Almeida"
a
lo que él respondía: "hasta la vuelta, Señor"
Una vez alcanzada la calle, el joven sacerdote daba rienda suelta a su
ánimo festivo y el aguardiente corría por su garganta sin
control alguno
con los primeros rayos del sol volvía al convento.
Aparentemente, los planes del padre Almeida eran seguir en ese ritmo
de vida eternamente, pero el destino le jugó una broma pesada que
le hizo cambiar definitivamente. Una madrugada, el sacerdote volvía
tambaleándose por las empedradas calles quiteñas rumbo a
su morada, cuando de pronto vio que un cortejo fúnebre se aproximaba.
Le pareció muy extraño este tipo de procesión a esa
hora y como era curioso, decidió ver en el interior del ataúd,
y al acercarse observó su cuerpo en el féretro.
El susto le quitó la borrachera. Corrió como un loco al
convento, del que nunca volvió a escaparse para ir de juerga.
La olla del Panecillo
Había en Quito una mujer que diariamente llevaba su vaquita al
Panecillo. Allí pasaba siempre porque no tenía un potrero
donde llevarla. Un buen día, mientras recogía un poco de
leña, dejó a la vaquita cerca de la olla. A su regreso ya
no la encontró. Llena de susto, se puso a buscarla por los alrededores.
Pasaron algunas horas y la vaquita no apareció. En su afán
por encontrarla, bajó hasta el fondo de la misma olla y su sorpresa
fue muy grande cuando llegó a la entrada de un inmenso palacio.
Cuando pudo recuperarse de su asombro, miró que en un lujoso trono
estaba sentada una bella princesa.
Al ver allí a la humilde señora, la princesa sonriendo preguntó:
-¿Cuál es el motivo de tu visita?
- ¡He perdido a mi vaca! Y si no la encuentro quedaré en
la mayor miseria - contestó la mujer sollozando -.
La princesa, para calmar el sufrimiento de la señora, le regaló
una mazorca y un ladrillo de oro.
También la consoló asegurándole que su querida vaquita
estaba sana y salva.
La mujer agradeció a la princesa y salió contenta. Cuando
llegó a la puerta, ¡tuvo la gran sorpresa!
- ¡Ahí está mi vaca!
La mujer y el animalito regresaron a su casa.
El gallo de la Catedral
Había una vez un hombre muy rico que vivía como rey. Muy
temprano en la mañana comía el desayuno. Después
dormía la siesta. Luego, almorzaba y, a la tarde, oloroso a perfume,
salía a la calle. Bajaba a la Plaza Grande. Se paraba delante del
gallo de la Catedral y burlándose le decía:
- ¡Qué gallito! ¡Qué disparate de gallo!
Luego, don Ramón caminaba por la bajada de Santa Catalina. Entraba
en la tienda de la señora Mariana a tomar unas mistelas.
Allí se quedaba hasta la noche. Al regresar a su casa, don Ramón
ya estaba coloradito.
Entonces, frente a la Catedral, gritaba:
- ¡Para mí no hay gallos que valgan! ¡Ni el gallo de
la Catedral!
Don Ramón se creía el mejor gallo del mundo! Una vez al
pasar, volvió a desafiar al gallo:
- ¡Qué tontería de gallo! ¡No hago caso ni al
gallo de la Catedral!
En ese momento, don Ramón sintió que una espuela enorme
le rasgaba las piernas. Cayó herido.
El gallo lo sujetaba y no le permitía moverse. Una voz le dijo:
- ¡Prométeme que no volverás a tomar mistelas!
- ¡Ni siquiera tomaré agua!
- ¡Prométeme que nunca jamás volverás a insultarme!
- ¡Ni siquiera te nombraré!
- ¡Levántate, hombre! ¡Pobre de ti si no cumples tu
palabra de honor!
- Gracias por tu perdón gallito.
Entonces el gallito regresó a su puesto.
¿Cómo pudo bajar de la torre si ese gallo es de fierro?
Ya pueden imaginarse lo que sucedió: los amigos de don Ramón
le jugaron una broma, para quitarle el vicio de las mistelas.
El penacho de Atahualpa
Cuenta la leyenda que muerto el último shyri, los jefes del Reino
de Quito proclamaron como legítima dueña de la corona a
la joven y bella Pacha, hija única del último jefe shyri.
Huayna Capac, el conquistador inca, fue donde la reina Pacha a ofrecerle
su amistad. La soberana escuchó con orgullo sus promesas de paz.
Sin embargo, la inteligencia y hermosura de Pacha conquistaron el corazón
de Huayna Capac, que desde aquel día sólo quiso agradarla.
La princesa aceptó ser su esposa.
Pacha y Huayna Capac vivieron en un hermoso palacio llamado Incahuasi.
Allí nació el futuro soberano, el príncipe Atahualpa,
quien desde muy pequeño aprendió la importancia de acatar
y cumplir las leyes y las decisiones que impartía su padre.
Un día que practicaba con su lanza, le llamó la atención
una linda guacamaya de hermosos colores. Al instante sacó su arco,
disparó con certeza y la mató. Con la guacamaya muerta corrió
en busca de su madre. Pacha no lo recibió contenta, al contrario,
le hizo notar que había incumplido con la ley.
Le recordó el mandato de su tribu: "Se mata al enemigo solamente
en la guerra, porque él también posee armas para defenderse.
No así a las aves, que adornan la naturaleza con sus colores y
la llenan de encanto con sus trinos". Pacha arrancó una pluma
de la guacamaya y la puso en el penacho del pequeño, para que no
olvidara nunca la lección aprendida.
Cantuña y el Atrio de San Francisco
Hace muchos años, se construía el atrio de la Iglesia de
San Francisco, donde trabajaba un indígena llamado Cantuña,
responsable de terminar la obra. Pero el tiempo pasaba y el atrio no se
concluía. Cantuña fue amenazado con ir a prisión
por no cumplir el contrato.
Un día, cuando regresaba a su casa, de entre un montón
de piedras salió un pequeño hombrecillo vestido todo de
rojo, con nariz y barba muy puntiagudas.
Con voz muy sonora dijo:
- Soy Satanás, quiero ayudarte.
Yo puedo terminar el atrio de la iglesia antes de que salga el sol.
A manera de pago, me entregarías tu alma. ¿Aceptas?
Cantuña, que veía imposible terminar la obra, dijo:
- Acepto, pero no debe faltar ni una sola piedra antes del toque del Ave
María o el trato se anula.
- De acuerdo - respondió Satanás.
Miles de diablos se pusieron a trabajar sin descanso. Cantuña,
que miraba muerto de miedo que la obra se terminaba, se sentó en
un lugar y se dio cuenta de que ahí faltaba una piedra.
Cuando tocó el Ave María, logró salvar su alma.
El diablo, muy enojado, desapareció camino al infierno.
Cantuña quedó feliz y el atrio se conserva hasta hoy.
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